¿Te imaginas que mientras ves un anuncio en la calle, una cámara esté registrando tus expresiones faciales para monitorear tu reacción? Tal vez suene descabellado, sin embargo, en la actualidad es una realidad y no sólo es aplicable en el mundo de la publicidad si no que ha traspasado los horizontes hacia el terreno político.

En este sentido, la neuropolítica ha explorado con diferentes herramientas como la codificación facial, la biorretroalimentación y el escaneo cerebral con el objetivo de recabar toda la  información sobre las emociones y la percepción de los votantes. Con este conocimiento se reestructuran los mensajes desde los cuartos de guerra.

Uno de los argumentos de quienes defienden este tipo de técnicas, sostiene que brinda una perspectiva científica y objetiva sobre lo que la gente piensa, percibe y siente. No obstante, políticos han mantenido discreción sobre su utilización, pues genera reacciones adversas ante la opinión pública.

Un ejemplo de ello, fue la polémica que desató el PRI al aceptar el manejo de herramientas para medir las ondas cerebrales, reacciones en la piel, frecuencia cardiaca y expresiones faciales de los votantes durante las elecciones presidenciales en México. Del mismo modo, algunas figuras del partido han declarado haber recurrido a la codificación facial, no sólo para competir por puestos de elección sino también para dedarrollar la comunicación de gobierno.

Como lo reporta The New York Times, también hay casos documentados en todo el mundo. En Polonia, la Primera Ministra Ewa Kopacz y su partido, Plataforma Cívica, trabajaron con una empresa de neuromarketing antes de las elecciones parlamentarias en las que fueron derrotados; mientras que en Colombia, el equipo de reelección del presidente Juan Manuel Santos en 2014, fue asesorado por la misma consultoría neuropolítica que contrató el PRI.

En Turquía, el Primer Ministro, Ahmet Davutoglu y su partido de la Justicia, contrataron a una empresa de neuromercadeo local para la elección del 2015. Por otra parte, una empresa de neuromarketing afirmó que trabajó para un comité de la campaña presidencial de Hillary Clinton; sin embargo, Joel Benenson, su estratega principal, se negó a declarar al respecto.

Evidentemente, quienes están a favor de la neuropolítica resaltan sus ventajas sobre técnicas como los focus group y las encuestas que, en estos momentos atraviesan por una crisis de credibilidad. Los sentimientos y opiniones que mide la neuropolítica son, a consideración de los consultores, los mejores indicadores del comportamiento de los ciudadanos a la hora de votar.

Pero como en todo, también existen detractores. Psicólogos afirman que esta creencia de que las mediciones cerebrales son más reales que las mediciones de comportamiento no es comprobable, éstos afirman que la activación de una parte del cerebro producto de experimentar una emoción no es el equivalente a saber lo que piensa una persona.  

Ahora bien, cabe plantearnos esta pregunta: ¿sentir nos impide razonar? No, pero es un hecho que cuando las emociones predominan, se reducen las posibilidades de actuar bajo la lógica. Es en este punto donde la neuropolítica irrumpe, ya que al apelar a las emociones se busca que una persona indecisa logre tomar una decisión.

En este sentido, la clave del éxito de una estrategia de neuropolítica consiste en activar la emoción correcta. No es que se excluya el discurso, por ejemplo, si no que con esta información se amplía el conocimiento para comunicar de manera eficaz. Complementa al discurso y sí se refuerzan áreas como la comunicación no verbal, el resultado puede ser más satisfactorio.

A pesar de las opiniones, la neuropolítica ha ido ganando adeptos y son cada vez más los políticos y consultoras que adoptan esta estrategia para seleccionar a sus candidatos o ajustar sus mensajes de acuerdo a los resultados de los escaneos.

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